Parábola del hijo pródigo



La parábola del hijo pródigo

(tomado de el libro "Lo que aparece en los Evangelios (pero que no se dice)",

Tomo II, Autor: P. Daniel Albarrán, Segunda Edición, 2010)


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Existen pasajes de los Evangelios que nos sorprenden por su riqueza, tanto de imágenes, como de lecciones. El pasaje de la parábola del hijo pródigo es uno de ellos.


Vamos a intentar adentrarnos.


Dejémonos invadir de todas las sorpresas. Busquemos todos los recovecos que nos permita la osadía de estar inquietos, y veamos por qué caminos nos puede llevar.


Lo primero que tenemos que hacer, ciertamente, es colocar el texto que vamos a estudiar. Dice:

Jesús les dijo esta parábola: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."»( San Lucas 15, 1-3. 11-32).


Personajes de la parábola del hijo pródigo:


Son cuatro los personajes activos en la parábola: el padre de los dos muchachos, el hijo menor, el hijo mayor; y el mozo, a quien el hijo mayor le pregunta, cuando regresa del campo y oye la fiesta.


Hay otros personajes implícitos, por lo menos dos o tres grupos: los amigos con quienes el hijo menor despilfarró su herencia, por un lado. Por otro, las malas mujeres, en quienes gastó la herencia, según lo dice el hijo mayor,. Hay que sumar también al dueño de los puercos, donde fue a trabajar el hijo menor. Deberíamos contar también a los puercos, por supuesto.


Existe otro personaje implícito, y no nombrado para nada, pero que se supone en la parábola, y es la madre de los dos muchachos, y la esposa del hombre que tenía los dos hijos. Para nada se le nombra, pero es de suponer que juega un papel, aunque sea sumiso.

Actitud de cada uno de los personajes de la parábola del hijo pródigo:


Cada uno de los personajes, ya sea de manera individual, ya de manera grupal, tiene un comportamiento en esta parábola.


El padre:


El padre de los dos hijos, tiene varias actitudes: la primera es la de ser sumiso y obediente a la voluntad y decisión del hijo menor. No contradice para nada la iniciativa del hijo menor. Le respeta su decisión. Y por el contrario, accede a su petición, al repartir, de hecho la herencia. También le respeta su decisión de irse, con herencia y todo.


La otra actitud del padre es activa, ya que, según se desprende de la parábola, estaba pendiente del regreso de su hijo. Lo dice el texto: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió”. Lo que podría pensarse que el padre estaba pendiente todos los días esperando si veía venir al hijo de regreso. Actitud activa y pasiva al mismo tiempo. Porque al estar pendiente, lo hacía estar activo y ansioso; pero, pasiva, porque esperaba que la iniciativa, igualmente, de regresar la tomara el mismo hijo, que, así, como se fue; así, regrese, pero por iniciativa suya, en ambos casos. Y aquí, se podría encontrar un opuesto: lo que quería el padre, por un lado; pero, lo que respetaba, por otro, independientemente de lo que le hubiese gustado. Bonito ese detalle de los opuestos, en el padre del hijo menor.


Y esa actitud pasivamente activa del padre hace que la parábola sea muy enternecedora, por lo menos, en esa primera parte. Quiere una cosa, pero respeta. No impone. Deja hacer. Pero espera que las cosas se den por si solas, sin forzarlas. Su amor de padre así lo hace sufrir y respetar, al mismo tiempo. Tal vez.


Pero, antes de avanzar en la actitud del padre, quedémonos un tiempo en esta parte de la parábola. Preguntemos a la misma Biblia y a la costumbre del pueblo de Israel para descubrir qué elementos habrían de ser de utilidad para comprender estos elementos evidentes en la parábola, pero ocultos para nuestros ojos.


Así, preguntémonos la edad del hijo menor, y de por qué le pide a su padre lo que le corresponde de la herencia. ¿Por qué esa exigencia del hijo, y por qué esa sumisión del padre? ¿Qué le favorecía al hijo, para actuar así; y que le obligaba al padre para acceder a la petición del hijo? ¿El padre no podía negarse a la solicitud del hijo?

En el caso del hijo menor, ¿podría vérsele como un hijo rebelde, al exigirle al padre la parte de la herencia, primero; y, después, por el hecho de marcharse? Si se le consideraría un hijo rebelde, el padre podría apelar a la ley que le permitía hacerse respetar. Dice e libro de Deuteronomio (21, 18-21), que:

Si un hombre tiene un hijo indócil y rebelde, que desobedece a su padre y a su madre, y no les hace caso cuando ellos lo reprenden, su padre y su madre lo presentarán ante los ancianos del lugar, en la puerta de la ciudad, y dirán a los ancianos: "Este hijo nuestro es indócil y rebelde; no quiere obedecernos, y es un libertino y un borracho". Entonces todos los habitantes de su ciudad lo matarán a pedradas. Así harás desaparecer el mal de entre ustedes, y todo Israel, cuando se entere, sentirá temor.

¿Sería este el caso, con el hijo menor de la parábola? ¿Sería por eso que el papá prefirió quedarse callado, porque, de lo contrario tendría que denunciarlo? Y denunciarlo, significaría la muerte de su hijo, según la ley. Tal vez, era mejor para el padre que se fuera.

Por lo que se desprende de la parábola, el hijo menor entraba en la clasificación de los denunciables, porque dice que “derrochó su fortuna viviendo perdidamente”, según la parábola; es decir, que era “un libertino y un borracho”, según lo que determinaba el libro de Deuteronomio.

Por otro lado, el hijo podría haber salido indócil y rebelde, como consecuencia de no haber aplicado las máximas en la educación, ya que según el libro del Eclesiástico (30, 7-13). Dice:

El que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido, sale libertino. Halaga a tu hijo, y te dará sorpresas; juega con él, y te traerá pesares. No rías con él, para no llorar y acabar rechinando de dientes. No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño, no sea que, volviéndose indócil, te desobedezca, y sufras por él amargura de alma. Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces por su desvergüenza
.

Este elemento implícito en la parábola es realmente muy interesante. Sobre todo, por el silencio y la sumisión del padre, respecto a la solicitud del hijo. ¿No sería, más bien, un reproche para el padre, la actitud rebelde del hijo? ¿No estaría recogiendo la cosecha de la crianza de su hijo, y la rebeldía del hijo, no sería una evidencia de la mala crianza del padre? Esto es novedoso. Ahora parece que el padre, tiene las de perder, desde estos nuevos elementos. Más que interesante, sin duda.


Si es así, como pareciera serlo en nuestro descubrimiento, entonces, la actitud del padre era doblemente activa, y de pasiva no tiene nada. Podría verse como pasiva porque se somete a la petición del hijo; pero, podría verse como terriblemente activa, al tener que ceder inevitablemente a la voluntad del hijo, porque si no, el resultado final tendría que ser la muerte del hijo. Pero, si estaba mal criado, no era por falta de amor. Ahí podría estar el lado débil del papá, que se confirma en el hecho de que deja que su hijo se vaya. Porque prefiere verlo irse que verlo muerto. ¡Maravilloso! ¡Sorprendente! Prevalece el amor de padre, por sobre todo.


Entonces, era preferible que el hijo se fuera. Era mejor verlo partir. Eso explica la actitud aparentemente pasiva del padre, por un lado; y, por otro, la salida del hijo. Eso también explica el silencio del hermano mayor. Porque podría ser un reconocimiento implícito del comportamiento del hermano menor, que a todas estas, podría ser, como dice el libro de Deuteronomio, una desvergüenza para el padre.


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El hijo menor:


La actitud del hijo es siempre la misma. Es decidido en lo que hace. Quiere la herencia que le corresponde y habla sobre ella, porque es su derecho. Además, pide adelanto de lo que le toca para irse de la casa.

Llama la atención el carácter decidido del h ijo menor. Tal vez, tendría mucho de rebeldía. El solo hecho de pedir la herencia y de marcharse indican, sin duda, que quería ser independiente. Aquí surgen muchas preguntas y cuestionamientos: ¿Dónde estaba lo malo en quererse independizar de la familia? ¿No podría verse esa manera del muchacho menor, como un comportamiento de madurez, a pesar de todo? En este punto de las preguntas, podría relacionarse el deseo de ser independiente del hijo menor, con la experiencia del éxodo. Si es así, ¿entonces, dónde estaba lo malo, si, más bien, se trataba de seguir un patrón de conducta vivida y experimentada por todo el pueblo, como el hecho de salir?


Se presentan de inmediato los opuestos, en esta parte de la parábola, por parte del hijo menor: quedarse-salir; obediencia-desobediencia; sumisión-independencia. Y si se aplica lo de la experiencia del éxodo, entonces, estaría el siguiente opuesto: esclavitud-liberación, que es la clave misma del éxodo. En su caso, ¿se trataría de una liberación, cosa que implicaba una salida de la casa del padre? ¿No sería eso mismo la experiencia del jardín del Edén, incluyendo la expulsión, como realidad necesaria, por eso el éxodo? En el caso de encontrar parentesco con la experiencia del Jardín del Edén, estaría aplicándose la libertad. Pero con una diferencia en la parábola, y es que el hijo menor no fue expulsado, sino que fue su iniciativa el partir.


Por otro lado, están los siguientes planteamientos: en el caso de que sea viable el relacionar esa salida del muchacho con la experiencia del éxodo, sería posible y exacta la relación diferencial, como es lógico, siempre y cuando el muchacho hubiese invertido lo que le había dado el padre como herencia, para surgir, y ser totalmente independiente; pero no fue así. Ya que lo gastó todo y “derrochó su fortuna viviendo perdidamente”, como dice la parábola. No invirtió materialmente hablando; no se niega, que a nivel de experiencia personal, con toda seguridad, habría de ser una experiencia grandísima. Por lo menos, pudo comparar y comprender la diferencia de vida, de la de antes, a la de ahora como extranjero y empleado ajeno.

Por los elementos de la propia parábola, sin duda, que el hijo menor, era mala conducta. Por un lado, se atreve a contrariar a su padre; por otro, se va de la casa; después, derrochó todo. Aquí hay que anotar que “pródigo” significa una persona que es generosa y dadivosa, que es disipador, gastador, que desperdicia su hacienda en gastos inútiles (es fácil ser pródigo con la fortuna ajena), que gasta sin moderación. Así, por lo menos, aparece definido en la Enciclopedia Espasa-Calpe.

Aquí es donde aparece el otro grupo de los personajes de la parábola. Son los amigos con quienes gastó su fortuna el hijo menor, incluyendo las “malas mujeres”, como dijera el hijo mayor. Es con este grupo que el hijo menor se ha mostrado pródigo; es decir, generoso, dadivoso, gastando lo que era suyo porque era la parte de la herencia, pero que no le había costado, sino al padre.

Finalmente, termina cuidando cerdos, cosa abominable para un judío, contrariando aún más el orgullo de la familia y del padre. El hijo al trabajar en tierra extranjera y criando cerdos, completa su rebeldía en contra de la familia. Contraría así a la familia haciendo todo lo contrario del orgullo de su comunidad, aun los preceptos religiosos, que era, entre otras cosas, criar cochinos, animal que no comía. Trabajaba en lo que era abominable para un judío. Esto aumenta y completa la total rebeldía del muchacho hacia su familia y su padre.

Es sobre este punto que el muchacho menor recapacita. Punto crucial en su orgullo y dignidad. Comienza a sentir la añoranza de la casa del padre. Ciertamente, es por causa del hambre. Pero es el hambre lo que le hace recapacitar sobre sus principios y que por conveniencia, le hacen pensar en sus orígenes. Y podría decirse que se pudo haber aplicado la norma de Deuteronomio 23, 18-19, al recordar tal vez, que le decía que: “No llevarás a la casa de Yahveh tu Dios don de prostituta ni salario de perro, sea cual fuere el voto que hayas hecho: porque ambos son abominación para Yahveh tu Dios ”. En ese momento estaría comenzando en el muchacho el auto-encuentro. El volverse sobre sí mismo. Comienza, entonces, a planificar su regreso. Se podría estar aplicando a sí mismo el cruel descubrimiento de la verdad expresada en la experiencia sabia de sus mayores y contenida en la catequesis familiar de lo aprendido, por ejemplo en el libro de Eclesiástico 9,6, o el libro de los Proverbios 29, 3, donde se aconsejaba, que “el que ama la sabiduría, da alegría a su padre, el que anda con prostitutas, disipa su fortuna”.

Tal vez, en esa experiencia del hambre y de necesidad, vuelve el recuerdo de sus orígenes: de la familia, del templo, de su religión, del hogar, de las tradiciones. Ronda la idea y la decisión del retorno.


Un elemento tenía el muchacho a su favor, a este punto de nuestro análisis. Ese elemento era la certeza del cariño que le tenía el padre. Quizás, por e so era que actuaba como estaba actuando desde un principio. Sabía que el padre tenía su debilidad frente a él: lo amaba, lo quería. Y, quizás, este sería el punto débil del padre; y, a la vez, el punto fuerte del hijo. Se valía de esa realidad. Estaba seguro. Se podría decir que el hijo menor, tal vez, por ser el menor, era el consentido. Y podría decirse, muy a la ligera, por supuesto, que manipularía al papá. El caso es que el muchacho se dice a sí mismo lo que le va a decir al papá cuando regrese: “Padre…”, con la consiguiente parte del discursito que iba a decir para terminar de ablandar el corazón del viejo: “he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.


El muchacho menor, el pródigo, la pensaba muy bien. Todo lo calculaba. Nada lo dejaba al azar. Se las sabía todas, como se dice. Volvía a aparecer su astucia. Le diré “Padre”, dice el texto que se dijo que iba a decir. Y enseguida la segunda parte del chantaje “ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Con la primera confesión y reconocimiento lo ablandaría. Y con la segunda parte, lo chantajearía. El viejo no aguantaría tantas emociones juntas, en un mismo momento. Y remataría, por si la segunda no hiciera el efecto esperado, con la tercera, que sería infalible: “trátame como a uno de tus jornaleros”. Con todos estos tres pases y elementos, el muchacho volvería a ponerse al viejo en la palma de la mano, en caso de que hubiese algún distanciamiento. Pero, estaba seguro que todo le era favorable.


Todo parece indicar que así era. Por eso el muchacho pide la parte de la herencia. Sabía que se la iban a dar. Tal vez, estaba muy seguro de que el padre no iba a ser capaz de aplicar lo que mandaba la norma del libro de Deuteronomio, de denunciarlo. Quizás, por eso mismo, el muchacho tomó la determinación, igualmente, de regresarse a la casa. Porque sabía que su padre lo iba a recibir. El muchacho menor, tal vez, sabía esa verdad. Por eso actuaba como actuaba, en ambos casos: en la de irse, y en la de regresarse. Podría pensarse también, por otra parte, de las muchas partes que ya tiene en nuestro análisis, en que la salida y la partida del muchacho no fue de mala manera; si no, ¿cómo se explicaría que él pensase mínimamente en regresar y en esperar que lo recibieran? Esta sería una carta bajo la manga que el muchacho tenía. Y se iba a valer de eso para entrar por lo bajito a la casa del padre, con el pretexto de que lo recibiera como un empleado más. Inteligente, sin duda. Por ahí iría poco a poco ganándose a los que trabajarían en la casa, y con posible seguridad, volvería a ganarse al padre…


Queda como en tela de juicio el verdadero arrepentimiento del muchacho. Porque lo que determina la decisión de regresarse a la casa, es el hecho de que está pasando hambre. Así lo dice la parábola: “Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. El arrepentimiento es consecuencia del hambre. Se podría decir, que es más conveniencia y necesidad que dolor de conciencia, que es una de las claves del arrepentimiento.


A este punto de nuestro camino, llegamos a una relación muy interesante. Porque tenemos que relacionar el hambre que tenía el muchacho de la parábola, con el hambre del pueblo de Israel, cuando lo del éxodo. Y no solamente con el caso de la protesta del pueblo en contra de Moisés, sino también con la experiencia del árbol del bien y del mal, del que comieron Adán y Eva. Entonces, las preguntas que nos hacíamos anteriormente, al respecto, cobran sentido y razón. Porque se ve la relación que existe, de hecho, entre la parábola del hijo pródigo con el Éxodo, y la experiencia del árbol prohibido. Esto es una gran sorpresa. En el caso del éxodo, los israelitas protestan contra Moisés. Dice el libro del Éxodo, que, toda la comunidad de los israelitas empezó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto. Los israelitas les decían: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahveh en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea.» (Ex. 16, 2-4).


Parece sarcástico e irónico que hayamos descubierto que lo que origina las ganas de regresar del hijo menor de la parábola del hijo pródigo, sea el hambre. No pareciera que fuera un dolor de corazón o un cargo de conciencia respecto a la ofensa realizada al padre, sino que, más bien, fuera el dolor producido por el hambre. Lo de la ofensa al padre, pareciera que es la excusa y el pretexto justificado para fundamentar el regreso, porque, como dice el texto, fue, primero y principalmente el hambre. Ya que si del muchacho dependiera, a él “le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer”. La cosa estaba bien fea para el muchacho. Viene, entonces, la comparación. Y todo respecto a la comida. No de otra cosa. Así lo dice el texto: “Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”. En la casa de su padre hay comida de sobra. Estaba pasando hambre. No es justo. Mejor se regresa. Y se regresa. Y se encuentra una conexión con la experiencia del Éxodo, definitivamente.


Ahora bien: ¿dónde está lo malo que así sea; es decir, que sea el hambre lo que origina y conlleva la toma de decisión de regresar? Si se está cómodo y bien, no hay necesidad. Mientras que si se carece, se siente la pobreza, la necesidad y la urgencia. Sobre todo, que se lleva a comparar que antes se estaba mejor. Y, ¿por qué no regresar? Mas, si se sabe que el cariño es seguro por parte del padre.


Todo se daba para poder regresar. Se estaba pasando trabajo y hambre. Antes estaba mejor. Ahora no. No lo corrieron de la casa. Se fue porque quiso, por iniciativa propia. El padre no lo botó. Además, es el hijo menor. Con toda seguridad el consentido. No hay otra que regresar. Y también la excusa se prestaba para que el regreso fuese un éxito: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.


Todo a favor del regreso. No había que esperar. Lo dice la parábola: “Se puso en camino adonde estaba su padre”. Lo demás se da por sí sólo: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”.


Por lo visto, las cosas salieron mejor de lo que se esperaba. Fiesta y todo por el regreso.


Un último detalle del regreso a la casa. El detalle es que el muchacho no hizo completa la confesión de “arrepentimiento” al papá, al regreso. La parábola dice que el muchacho cuando recapacitó y se dio cuenta de la diferencia suya con la de los empleados de su casa, y que era el hambre, porque esa fue la comparación… el muchacho se hizo esta reflexión para decírsela al papa: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Había un reconocimiento de haberse equivocado, y ponía una condición: “ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Pero cuando el papá sale y le da el abrazo y los besos, como que se dio cuenta, que era mejor omitir esa otra parte del discurso que se había preparado. Esa condición estaba de más y no hacía falta. Y, entonces, lo único que le dijo al papa, fue: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Lo de ir a ocupar el puesto como un empleado o jornalero, en ese momento, ya no le era atractivo. Volvía a estar seguro de su punto fuerte, y que era el punto débil del papá: estaba seguro de que lo amaba. Y hasta se podría decir que volvía a aprovecharse.


Todo le salía bien al hijo menor. Sin duda.


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El hijo mayor:


Ahora veamos al hijo mayor.


Este muchacho pareciera tener todas las de perder, inicialmente. Las cosas parecen no favorecerle. Y todo porque es el hijo mayor, entre otras cosas, y por la actitud que asumió cuando regreso el hermano menor.

Por lo general, se toma partido desde un comienzo. Se engrandece el amor del padre y su preferencia desmedida por el hijo menor. Desde nuestro análisis, no se deja uno de sorprender al ver lo inteligente, astuto y decidido que era el hijo menor. Sorprendentemente calculador. Y todo le salía de maravilla. Ser el hijo menor tenía sus ventajas. Y más en aquella familia, por lo visto.


No sucedía lo mismo con el hijo mayor. Sobre todo, cuando se trata del regreso del “pequeño de la casa”. El no haber querido entrar, de buenas a primeras a la casa, tras la música y la fiesta, le crean una mala impresión. Le crean mala fama. Casi siempre se piensa que era un egoísta.


Pero, veamos qué hay de sorprendente y novedoso en el comportamiento del hijo mayor. Y ver, si tenía o no razón para asumir la posición que tomó cuando lo del regreso del hermano.


Comencemos del comienzo. ¿Qué ventajas tenía ser el primogénito en una familia judía? ¿Qué obligaciones, deberes y derechos tenía ser el hijo mayor?


Para empezar, es que tenía que ser el modelo de la familia. Tenía que ser el ejemplo a seguir. Tremenda responsabilidad.


En cuanto a los derechos, el primogénito tenía derecho a la herencia, aun cuando fuera hijo de una mujer que no amara. Pero si fuera el primogénito, por el solo hecho de serlo, ya le correspondía detentar el derecho de la progenitura, según el libro de Deuteronomio 21, 15-17. Decía la norma:

Si un hombre que tiene dos mujeres, ama a una y a la otra no, y las dos le dan hijos, pero el primogénito es hijo de la mujer que no ama, cuando reparta la herencia entre sus hijos, no podrá considerar como primogénito al hijo de la mujer que ama, en perjuicio del verdadero primogénito. Él deberá reconocer como primogénito al hijo de la mujer que no ama, dándole dos partes de todo lo que posee, porque este hijo es el primer fruto de su vigor, y por eso le corresponde el derecho de primogenitura.

Eso, en caso de que el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo haya sido hijo de una mujer no amada. Porque ese detalle no lo especifica la parábola. Era simplemente el hijo mayor. Aquí cabría inmediatamente una pregunta: ¿sería esa realidad la que no le daba seguridad al hijo mayor, en relación al padre; y, en cambio, si la pudiese haber tenido el hijo menor? ¿No tendría ya el hijo mayor una desventaja respecto al hermano menor, que era evidente, que gozaba de la predilección del papá?


Porque no se puede negar que hay en el hermano mayor una cierta pasividad, desde un comienzo. Sólo se le ve activo al final, aparentemente según la parábola. Tal vez, cuando sus beneficios y sus conveniencias se ven perjudicadas. Tal vez. Y es aquí cuando se descubre una natural rivalidad, que podría estar plasmada en la experiencia bíblica de Caín y Abel. Porque hasta en ese relato es clara la preferencia por uno de los dos por parte de Dios. Y vuelve a repetirse en la parábola del hijo pródigo la preferencia por el hijo menor, como en el caso de Caín y Abel, siendo el mayor Caín (Gen. 4, 1-2) y el preferido Abel. ¿No se estará repitiendo, teológicamente, el contenido de la revelación del libro del Génesis? ¿Habrá conexión con el contenido de la parábola, específicamente en el caso de los dos hijos y de la evidente preferencia por uno de ellos? En la parábola el hijo mayor sale favorecido porque en el libro de Génesis, Caín se toma las cosas más en serio. Mientras que en la parábola del hijo pródigo, simplemente, el muchacho se negó a entrar a la fiesta. No más.

La postura del hijo mayor es de admirar, desde este nuevo enfoque, por lo menos, en este momento. Ya que el hijo mayor muestra su inconformidad con la realidad que estaba pasando en su casa, y con su papá, al decirle, que: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. ¿Dónde está lo malo que el muchacho mayor manifestara su malestar? ¿No estaría resaltándole al padre el hecho de su fidelidad y sumisión, que podrían verse como bondad de hijo? ¿No sería, acaso, el hijo bueno, el hijo modelo? ¿No estaría, reclamando que no había sido valorado por su ejemplo? ¿Va a tener preferencias y va a ser injusto, si de comportamiento se trata, y por méritos ya tiene más que suficientes para merecer todo el respeto y consideración? ¿Estaba, o no estaba en su derecho de decir lo que dijo al buscar poner las cosas en sus respectivos lugares; y los lugares eran que, el hermano menor era un despilfarrador y mal hijo; en cambio, él, el mayor, era el ejemplo y el modelo de la familia?


Se complica la parábola. Pero nos abre nuevos horizontes. Pareciera que prevalecieran las contradicciones, tanto en el caso de Caín y Abel, como en el c aso del hijo mayor y el hermano menor, en relación a la preferencia del padre. Es evidente que no encuadran con lo debe ser lógico en el orden de las cosas. Esta puede ser la gran sorpresa del contenido de la parábola del hijo pródigo, sobre todo, teniendo en cuenta que el único evangelista que cuenta esta parábola es San Lucas. Y conociendo la temática de este autor no es de extrañar su rica y entrelazada relación compendiada con todo el Antiguo Testamento. De hecho, es propio del evangelio de San Lucas encontrar compendios comprensivos del Antiguo Testamento colocados como continuación en su temática cristológica. Así, encontramos en el evangelio de San Lucas, en el caso de la Virgen María, por citar uno, una estrecha conexión con los textos del Antiguo Testamento (1 Sam. 2, 1-10), que en la temática de San Lucas es continuación y prolongación.


Es, en todo caso, desconcertante el rompimiento de toda lógica humana el procedimiento de Dios, en el caso de sus preferencias. Ya queda pautado así desde un comienzo con la historia de Caín y Abel y la preferencia de Dios. Pareciera que se confirmara con la aplicación profunda de la parábola del hijo pródigo. Y hasta se pudiera encontrar alguna conexión con el libro de Job, al relacionar a Job con el hermano mayor, en una injusticia a todas vista más que clara. Si es así, es, entonces, una sorpresa maravillosa lo que contiene esta parábola. Entonces, el tema principal de la parábola del hijo pródigo es la contradicción de Dios, según los parámetros humanos. Porque se rompe toda lógica. El hermano mayor, como victima y afectado en sus patrones de comportamiento, no es otra cosa que el mismo Job, a quien le cometen una gran injusticia. Y esto es un misterio que no tiene respuesta ni explicación.


Sorpresa de sorpresas. Ahora se podría entender lo que dice el libro del Eclesiástico 39, 1-4, cuando dice que las parábolas son enigmas, y que hay que intentar penetrar en ellos. Y esta parábola es más que un enigma. Es un hechizo que envuelve y subyuga al comprender lo que se está comprendiendo para quedarnos cada vez más sorprendidos. Desde nuestro análisis, ciertamente, esto es un descubrimiento y una maravillosa sorpresa. Además, se trata de oír y no oír, de ver y no ver, por eso el significado profundo de las parábolas, como responde Jesús a sus apóstoles de por qué hablaba en parábolas, según el mismo San Lucas 8, 10 y sus paralelos, aplicándose una vez más un opuesto, como patrón de interpretación.


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Pero, volvamos en lo que íbamos.


Por otra parte, por ser el hijo mayor gozaba de la progenitura. Pero no por eso era una garantía, porque la podía perder, como en el caso de Jacob y Esaú (Gen. 27). Y este nuevo elemento vuelve a colocarnos en un hallazgo que nos hace ver la parábola del hijo pródigo con más respeto y admiración. Precisamente, porque hay muchos elementos implícitos y fascinantes. Es, entonces, cuando comienza a aparecer un personaje no nombrado para nada en la parábola, y que es posible su existencia, desde estas nuevas perspectivas. Es el puesto de la mujer o de las mujeres del padre de los dos hijos de la parábola del hijo pródigo. Porque, no es de descartarse la posibilidad de que hayan sido hijos en diferentes madres. Eso es posible. Pero, en el caso de que no haya sido así, sino que ambos hayan sido de una misma madre, no podemos pasar por alto la experiencia de la usurpación de la progenitura en el caso de Esaú, a quien le fue robada por parte de Jacob, con total y absoluta complicidad y obra de la madre, Rebeca.


¿Y, si en el caso de la parábola del hijo pródigo, la madre se confabularía a favor del hijo menor, en desventaja hacia el hijo mayor? Esa posibilidad abre mucho camino. Y ayuda a comprender un poco al hermano mayor. No tanto porque el hijo menor le hubiese usurpado la progenitura al hermano mayor, sino porque el menor se hubiese adelantado para sacar ventaja, como ventaja había sacado Jacob en la historia de la bendición de Isaac a Esaú, como iniciativa y obra de Rebeca, la madre.


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Se complican las cosas. Pero abren horizontes para comprender, tal vez, un poco al hermano mayor. Tal vez, el hijo mayor debería pasar de ser juzgado como egoísta, a ser visto, más bien, como victima de las circunstancias. Y ¿qué relación habrá de fondo con el libro de Job, en donde el personaje también es victima de una injusticia?Job reclama su derecho. También lo hace el hijo mayor de la parábola. Las cosas no estaban claras, según Job. Tampoco para el hijo mayor. Y eso que ambos eran modelos y ejemplos. ¿No estará latente la misma idea en ambos casos? Pareciera que si.


A este punto surgen muchas preguntas y cuestionamientos: ¿Será lo de que la misericordia de Dios, en el caso del padre de los dos muchachos, es un misterio? ¿Será que se sigue la idea en la parábola de la aparente injusticia de Dios, como en el caso de Caín y Abel, en cuanto a lo de la preferencia del sacrificio que estos hacían? Una cosa queda clara: la astucia. En el caso de Esaú y de Jacob, con la ayuda de Rebeca, la madre. ¿Habrá alguna relación con la exclusión del hijo mayor de Abraham en la esclava, en el caso de Ismael e Isaac, en donde la madre de Isaac expulsa a la madre de Ismael (Gn. 16:1-4, 15)? También queda claro la astucia del hijo menor, respecto a la manipulación del padre.


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El caso es que el hijo mayor manifiesta su inconformidad con el comportamiento de su padre, en relación al hijo menor, y no quiere entrar a la fiesta. No quiere sumarse en la celebración. Y, entonces, le habla al padre en forma de reproche al marcar distancia, poniendo las cosas en su justo lugar. Le dice, en forma de reproche “ese hijo tuyo”. Como diciendo: “ese si es hijo tuyo; yo no”; “ese es tu consentido”. Suena a reproche. Yo no cuento para ti. Y aquí, aparece en otra forma la misma expresión que Caín usa cuando Dios le pregunta por Abel, según Génesis 1, 8-9. Dice: “Caín, dijo a su hermano Abel: «Vamos fuera.» Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahveh dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano”. Se marca la distancia en ambos casos. Porque en ambos casos se trata, igualmente, de progenitura, como de preferencias. Tal vez, la preferencia determinaba la progenitura. Y en ambos casos, se veía una injusticia.

La experiencia bíblica del guardar distancia para hacer la diferencia también se da en el caso de Adán y Eva, cuando después de haber comido del árbol del bien y del mal, Adán se desmarca de Eva y le dice a Dios: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.” (Gen. 3,9). Ese distanciamiento se repite en la parábola del hijo pródigo.

El reproche del hijo mayor puede verse también como una bofetada, no en sentido literal, por supuesto, sino como ofensa o reclamo al propio padre. Podría verse también como si le estuviera diciendo: ese hijo tuyo, que es muy distinto a mí, y que es mala conducta, es así, porque tú lo malcriaste. Por eso es así. Por eso actúa así. Tú eres el culpable. Y podría verse un reclamo y un recordatorio, según se dijo, que podría ser la máxima del libro del Eclesiástico (30, 7-13), al recordarle la sentencia: “Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido, sale libertino. Halaga a tu hijo, y te dará sorpresas; juega con él, y te traerá pesares. No rías con él, para no llorar y acabar rechinando de dientes”.

Esa posibilidad comprometía más al padre. Porque, o lo recibía, o no lo recibía. Si no lo recibía, tenía que denunciarlo, según la ley. Y lo amaba, por sobre todo. Consentido o no, era su hijo, el menor. Era mejor recibirlo. Volvía a ganar el hijo menor. Y volvía a perder-ganando el padre. Y con ello, vuelve un opuesto, de lo que es muy común en las Sagradas Escrituras.

Si el padre no lo recibía tenía que denunciarlo. Eso significaría la muerte del hijo y el reconocimiento por parte del padre de haberlo mal criado. Una doble afrenta para el padre. Un doble dolor, entre ellos el fracaso como padre. Era mejor recibirlo. Era mejor hacer una fiesta por su regreso. O sea, era mejor hacer como si el hijo se había ido de viaje sin haber dado problemas en la casa, y hacer fiesta porque había regresado. Así todo quedaba arreglado. Recibe al hijo y queda bien con la sociedad, porque, de lo contrario tiene que reconocer que su hijo menor es mala conducta y mala cabeza. Vuelve el hijo menor a sacar ventaja y vuelve a salir airoso y con las suyas. Inteligente y astuto, sin duda, el muchacho menor. Mucho. Y lo coronan con anillo y sandalias nuevas, para colmos de la contradicción. Como diciendo, para remates de males, en la ironía que ya contiene la viveza y la astucia del hijo menor, en detrimento del derecho burlado del hermano mayor. Como para sacarle en cara al hermano mayor que era clara la burla. Y descarada. Triste y cruel para el hermano mayor.


Un nuevo elemento aparece en el final de la parábola, que es muy bonito y útil de resaltar, a pesar de toda las contrariedades para el hermano mayor. Es el hecho de la afirmación y confirmación del papá hacia el hijo mayor, al decirle: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Con esa afirmación podría considerarse dos cosas: por un lado, que el hijo mayor no haga problemas, porque, si es por la progenitura, él la tiene segura por ser el hijo mayor. Muy bonita confirmación que debería darle mucha seguridad al hijo mayor. Por otra parte, podría considerarse la idea de que ya la herencia está repartida. Es decir, ya el hijo menor se llevó lo suyo; y lo que queda es todo del hijo mayor, porque la herencia había sido repartida cuando el menor había hecho la petición. Había repartido la herencia. A cada uno le había dado lo que correspondía. Y lo que quedaba era del hijo mayor. ¿Dónde estaba el problema que el hermano mayor estaba haciendo, entonces, podría estar diciéndole esas cosas al papá? Como diciéndole: “No seas tontito, muchacho…. Quédate tranquilo, que todo lo tuyo está seguro”. Además, sería una petición por parte del padre al hijo mayor de que comprendiera el aprieto en que se hallaba él como padre, pues no podría denunciar a su hijo menor.


Esa parte de la parábola es muy tierna y consoladora para el muchacho mayor. Y aquí vuelve a aparecer el personaje de Job, que al final es restituido en todo. Bonito. Hermoso ese descubrimiento implícito de la parábola del hijo pródigo. Entonces, tiene estrecha relación esta parábola con el libro de Job. No se puede negar. Esta confirmación de esa conexión entre Job y el hijo mayor nos entusiasma, porque se estaba presentando esa relación con mucha timidez y temor. Pero no se puede negar que están en la misma conexión. Para alegría en este estudio y análisis.



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Viene la parte final de la parábola. El hermano mayor coloca las cosas en el orden que tenían que estar. Entre “ese hijo tuyo” y él, el hermano mayor, hay una gran diferencia. Por eso marca la distancia. La hay. Entonces, aparece el padre, que ya le ha pedido que “por favor, que entienda que la cosa es muy complicada”, que seda, que acepte al hermano. Por eso le dice: “porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. En esa afirmación del papá, hay ya una petición doble. “Si lo aceptas y lo recibes como tu hermano, me haces un favor a mí”, casi pareciera que le estuviera diciendo. Porque si no lo acepta, hay que explicar que no se fue de viaje de buena manera, sino que era mala conducta, y, entonces, por consecuencia legal, también el padre va a tener que dar cuentas a la justicia de los ancianos del pueblo. Todo dependía del hermano mayor.

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Ahora, las cosas cambian de perspectiva y de enfoque. Ahora, es el hermano mayor el bueno. Y al decir el bueno, es en todo el sentido de la palabra, aun cuando la primera idea que nos hacemos del hermano mayor es


que es egoísta. Pero no. Es el bueno. Por eso “su padre salió e intentaba persuadirlo”, dice la parábola. Ahora bien, ¿A persuadirlo de qué; a convencerlo de qué; a hablar de qué; a pactar qué? Es el colmo. Además de todo lo que se la ha hecho en su perjuicio… Pero, en algo tiene el padre las de perder en esa situación, respecto al hijo mayor. Esto hace ver al padre doblemente comprometido, como se hallaba Dios frente a Job, en su no explicación de por qué lo había puesto en la situación que lo tenía, si Job, era en todo un hombre ejemplar. No está malo ser bueno. Aquí hay que reconsiderar la postura que asumimos frente al hijo mayor, que siempre ha tenido las de perder, frente a la astucia y viveza del hijo menor. Siempre hemos mirado como egoísta al hermano mayor. ¿En verdad, lo era? ¿Dónde está el mal de ser bueno, y el hijo mayor era bueno y fiel, con todo y todo? Igual que en el caso de Job… ¿Dónde está su mal, en la fidelidad? ¿No es, acaso, la fidelidad referida a la relación pueblo escogido-Yahveh; y no era fiel, acaso, Job en su situación, como fiel el hijo mayor de la parábola? ¿Dónde está el mal que se le atribuye al hijo mayor?


En esta última parte de la parábola del hijo pródigo hay una reminiscencia bíblico-teológico que es necesario resaltar. Al padre decirle al hijo mayor Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”, hay implícitamente una conexión con la experiencia del Jardín del Edén, en donde a Adán y a Eva les estaba permitido todo (Génesis 2, 7-10, 15-17), pero donde existía el recordatorio del árbol prohibido, del que no deberían comer. En este punto de la parábola el padre está haciéndole al hijo un recordatorio, que es teológico: Cuidado, no pase el límite. Cuidado hijo. Todo te está permitido. Eres el dueño, pero párate. Frénate. Eres libre, sin embargo. Por eso, “su padre salió e intentaba persuadirlo”. Y se está repitiendo teológicamente la experiencia bíblica del Jardín del Edén y la experiencia del pecado. A este punto, el hijo mayor estaba en toda la frontera, entre el recordatorio del árbol prohibido y su libertad de escoger. Momento sublime es este el de la parábola. Si es bonito y enternecedor el recibimiento y el abrazo del padre y del hijo menor en el regreso; es sublime el momento del encuentro del padre con el hijo mayor. Por eso dice la parábola que “su padre salió e intentaba persuadirlo”. Ahora le correspondía al hijo mayor decidir. Es entonces, cuando en este momento de la parábola debe irrumpir, pero tipo fanfarria repetitivamente, nada más, la sonata in fuga de Joan Sebastian Bach, o el aleluya de Händel, porque es el momento culmen y de éxtasis de la parábola del hijo pródigo. Y es para llorar, para enmudecer, porque hemos llegado a lo máximo, como si fuese una pieza musical de esos clásicos que posee la humanidad como patrimonio cultural. Porque es un patrimonio cultural también la parábola del hijo pródigo; es decir, le corresponde a todas las culturas y civilizaciones de todos los tiempos. Por eso es patrimonio.

A partir de ahí comienza el silencio descendente del espíritu que ha disfrutado toda la secuencia de las notas musicales entretejidas sabiamente, en manos de una mente prodigiosa que las enlaza para llevarnos al éxtasis, y desde ahí retornar suavemente y con dulzura a la cotidianidad de la vida diaria, pero transformados interiormente por el influjo penetrante de la gloria experimentada en la experiencia recién vivida de amor eterno… Maravillosa la parábola del hijo pródigo. Y maravilloso este auto-encuentro en ese encuentro maravilloso… Justo aquí debería sonar la fanfarria musical para resaltar la parte más importante de la parábola. Aquí está lo máximo y la plenitud de la parábola, a pesar de lo enternecedor que pueda resultar el abrazo ente el padre e hijo menor, y en lo mucho que se ha insistido en ese detalle. En ese momento del abrazo habría que aplaudir por la jugada perfecta del hijo menor. Le había salido todo muy bien. Todo bien calculado. Y mejor de lo que se esperaba. Una jugada perfecta de astucia y de inteligencia. Pero, en el momento del diálogo ente el padre y el hijo mayor habría que levantarse y aplaudir a rabiar, con los pies y con las manos, al mismo tiempo, con chiflido y y griterío alborozado, porque es el diálogo y el encuentro entre el bien y el bien y el uso de la libertad, en donde vuelven a encontrarse el Creador y la criatura, para redimir la historia de Adán y Eva, con el recordatorio del Jardín del Edén, para ser dueños otra vez del Jardín, de donde se había sido expulsado. Y todo en clave de misterio para quedar enmudecido como lo quedara Job (42, 2-6), frente al apabullamiento de Dios por el misterio de lo creado y con su reconocimiento humilde y realista, al decir:

Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable. Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza.


Y, así, los dos momentos son muy importantes en la parábola, tanto el abrazo del padre y el hijo menor que regresa, como el encuentro en el diálogo del padre con el hijo mayor. Ambos son de igual importancia. No uno más que el otro. Los dos en igual intensidad, pero, en donde el segundo momento es la parte comprensiva en su totalidad, para colocar en igualdad de condiciones a los dos hijos, porque ambos son hijos del mismo padre, y a ambos les reitera su dignidad de hijos. Y dignificándolos en sus puestos como hijos, el padre reitera su condición de padre, sin perder en nada, ni en su preferencia, ni en su predilección. Por eso, dice la parábola que, en el primer caso, “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”(al hijo menor); y en el segundo, la misma parábola dice que “su padre salió e intentaba persuadirlo” (al hijo mayor). Así, el padre recupera su autoridad y respeto, sin perder en nada, (que nunca había perdido), su realidad de padre reafirmada en su relación con sus dos hijos, sin ninguna diferencia de uno y otro. Así lo dice maravillosamente la parábola: “Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo”. Con ello está colocando en su lugar a su hijo como hijo. Simultáneamente, la misma parábola, sin hacer diferencia mantiene la misma línea de acción del padre, en el caso del hijo mayor; dice: “El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Como se mantiene la misma acción y se reitera en ambos casos la misma realidad, el padre reafirma lo que pudiese haberse desviado en su sentido e importancia, al decir, la misma parábola que el padre dijo: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y, así, el padre da el mismo trato a los dos hijos, al reconocerles su dignidad y filiación y paternidad, al mismo tiempo. Queda, así, todo en su lugar: el padre y los hijos; los hijos (que son hermanos) y el padre; y, su puesto en la familia, reconocido en uno con el anillo y las sandalias nuevas, y en el otro, en que todo era suyo por ser siempre fiel.

¡Bella la parábola del hijo pródigo! ¡Exquisita….!


Un detalle que no se puede omitir en este final del análisis, y es el hecho de la comida, que es el centro de todo el encuentro y desencuentro de la parábola. Y no sólo de la parábola, sino todo el compendio comprensivo de la revelación, sin discontinuidad ni ruptura, sino estrechamente unido. Quedando así la conexión del evangelista San Lucas con la parábola del hijo pródigo en unidad de revelación con el libro del Génesis. En el caso del Génesis (2, 16-17), fue por una comida: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. En el caso de la parábola del hijo pródigo (el despilfarrador, el dadivoso, el desprendido), se repite la idea de la comida: “"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”. El hijo menor regresa y le hacen un banquete: matan para él “el ternero cebado”, dice la parábola. Está clarita la misma idea de la comida. Y cuando el hijo mayor regresa el alegato es, igualmente la comida: “a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos”. Y no quería entrar a la fiesta que le daban a su hermano, para quien habían matado “el ternero cebado”.

Llama la atención la referencia constante a la misma idea: la comida. En el libro del Génesis y en el evangelio de San Lucas, en este caso. En Génesis con la prohibición de no comer. En la parábola del hijo pródigo en la invitación del padre a ambos hijos para comer. En Génesis se puede comer de todo, pero hay una prohibición que del árbol prohibido, no. En la parábola hay una insistencia, en el caso del hijo mayor, pero, igualmente, el recordatorio de no pasar las fronteras. Interesante esa conexión. Pero más interesante cuando inmediatamente se piensa en la última cena de Jesús con sus discípulos, en donde vuelve a realizarse el escenario justo en una comida. Habría que hacer un estudio detallado de ese triángulo: Génesis-parábola del hijo pródigo-última Cena (Eucaristía).

En este sentido, algunos autores/pensadores hacen la relación del hijo pródigo con Jesús, como por ejemplo Henri Nouwen. Pero esa relación parece muy forzada, y si seguimos lo que hemos descubierto en este estudio y análisis, no deja de ser una visión muy espiritualista, a pesar de la gran popularidad que ha tenido ese libro; sin olvidar que, al fin y al cabo, son unas reflexiones que el autor hace frente a la experiencia subjetiva y personal frente al cuadro de Rembrandt. Algunos que han estudiado a Henri Nouwen, como Michael Forden con el libro de la biografia de Nowen, titulado, Wounded Prophet, descubre cosas que ayudan a comprender algunas cosas útiles de considerar respecto a sus ideas. Pero, no por ello, no deja de ser muy valioso que Nouwen hace para ver y descubrir en la pintura de Rembrand, titulada "El regreso del hijo pródigo", que con su ayuda nos permite descubrir detalles muy interesantes del cuadro.

Pero, en donde íbamos…


Y todo termina en suspenso. No dice la parábola que el hijo mayor hubiese aceptado entrar a la fiesta. Queda en el supuesto.


Y todo queda bajo el suspenso del misterio, como misterio es todo el misterio de la vida… como es un misterio el éxito de la astucia e inteligencia del hijo menor de la parábola del hijo pródigo y del sufrimiento del hermano mayor, ante un hecho palpable de injusticia… repitiéndose la fuerza del opuesto de éxito-fracaso… En donde, el éxito ha sido del hijo menor, y el fracaso del hermano mayor de la parábola… Y donde pareciera que se resaltara la celebración del exitoso, del astuto….


A modo de conclusión:

1. La parábola del hijo pródigo es una sorpresa.

2.Parte de la sorpresa está en que el proceder de Dios es un misterio. Misterio, que puede verse como una injusticia.

3.Parece haber referencia temática entre la parábola del hijo pródigo y la experiencia del libro de Job. Además, parece existir conexión con la experiencia de Caín y Abel en la rivalidad declarada por la progenitura, como en el caso, igualmente, de Jacob y de Esaú.

4. Parece que la parábola del hijo pródigo rompe los parámetros y medidas de la lógica humana. Por eso, el misterio, aparentemente injusto, pareciera ser el tema central de la parábola. Parece que el evangelista Lucas tuviera en mente esa verdad real de la vida, como misterio. Además, de sacarle en cara a los judíos su certeza moralista, como en el caso del relato de la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18, 9-14).

5. A partir de este estudio y análisis se comprende que “pródigo” significa una persona que es generosa y dadivosa, que es disipador, gastador, que desperdicia su hacienda en gastos inútiles (es fácil ser pródigo con la fortuna ajena), que gasta sin moderación. Así, por lo menos, aparece definido en la Enciclopedia Espasa-Calpe. En este sentido, siempre cuando decimos “hijo pródigo”, por lo general pensamos en persona arrepentida que vuelve a su casa a pedir perdón. Pero, eso no quiere decir “pródigo”.

6. A lo mejor nos ayude a comprender muchas cosas de la parábola del hijo pródigo este estudio realizado aquí. Véase también Proverbios 23, 22.

Véase, por ejemplo la continuidad de Salmos 2, 18; Isaías 61, 10; Levítico 18, 3; Salmos 18, 3;; Isaías 40, 29; Salmos 113, 9; Isaías 54, 1; 2 Reyes 5, 7; Deuteronomio 32, 39; Sabiduría 16, 13; Tobías 131, 2; Job 9, 6; 38, 6; Salmos 98, 9

Véase el libro de Daniel Albarrán, Los zapatos de Job, Impreso en los talleres de Impre -Spres, Puerro la Cruz, 2010.


Véase el libro de Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo, meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, 27ª edición, PPC, Editorial y Distribuidora, SA, Madrid, 1992. Dice el autor en el subtítulo “El verdadero hijo pródigo”, del capitulo “El regreso del hijo menor”: “Me estoy acercando ya al misterio de que el propio Jesús se convirtiera en hijo pródigo para nuestra salvación. Abandonó la casa de su Padre celestial, se marchó a un país lejano dejó todo lo que tenía y volvió con su cruz a casa del Padre. Todo lo que hizo, no como hijo rebelde, sino como hijo obediente, sirvió para llevar de nuevo a casa a todos los hijos perdidos de Dios. El mismo Jesús, que contó la historia a los que le criticaban por tratar con pecadores, vivió el largo y doloroso camino que describe”… “Considerar a Jesús como el hijo pródigo va más allá de la interpretación tradicional de la parábola. Sin embargo, esconde un gran secreto. Poco a poco voy descubriendo lo que significa decir que mi condición de hijo y la condición de hijo de Jesús son uno, que mi regreso y el regreso de Jesús son uno, que mi casa y la casa de Jesús son una. No hay otro camino hacia Dios que no sea el camino que Jesús recorrió. Aquél que contó la parábola del hijo pródigo es la Palabra de Dios que (Jn 1,1-14).”. No se puede negar, sin embargo, que es muy enriquecedor el aporte que hace Nouwen en su libro al detallar como lo hace el cuadro de Rembrand, con todo su recorrido biográfico.